La intensa Paris.

 

Lo cotidiano a mi alrededor seguía su ritmo; mi ritmo en cambio evolucionaba como el arte, oscuro a veces, alegre otras. Cada cierto espacio de tiempo, tenía que decelerar mi paso y sentarme en las repisas de las ventanas a alimentarme del sol como lo hacen las plantas. Es un modo tradicional de vida: somos naturaleza y con ella nos iremos también. Mi deseo de pausar el paseo que es la vida mientras me sumergía en risas rodeada de gente que admiraba se había hecho realidad, tan real y efímero como los años bisiestos. Era todo tan usual y conocido para mi que en un breve aleteo se volvió desconocido en cambio. No me conocía, o me conocía tanto que ansiaba dejarme en casa mientras yo misma levitaba sobre el Sena fundida en el pequeño oleaje que pudiera acarrear consigo.

Lo descubrí en la locura del viaje a Paris, con su célebre museo, su alumbrada torre o con su excepcional acento al que no terminaba de habituarme aun y todo el empeño que intentase ponerle. Quería brillar yo también, encender cada lucecita que integraba todo mi cuerpo; que mejor lugar que la ciudad del amor para quererme por primera vez. Los había quienes se pedían matrimonio en el ya conocido bosque de Vincennes, en una acogedora barquita en el cual solo cabía su mundo. Por lo que me quise, por un momento lo hice. Quise cada espasmo que me recordaba a cada camino recorrido. Me quise por los que lo hicieron mal, o simplemente, nunca lo hicieron.

Lo que para mi alma bohemia iban a ser días de jerseys de cuello alto y vuelto y lloviznas intermitentes, resultaron ser de botas de agua cubriendo pantorrilla y abrigos acolchados impermeables con los que protegerse del dolor que causan  varias gotas casi heladas cayendo en horizontal por el viento que las arrasa. Por muy intenso que imagines Paris, más intenso lo hace los garabatos y los besos en el mirador del edificio Montparnasse. También lo hace intenso los creppes de chocolate cuyos olores visten sus calles, pero no tanto sus boinas, que pasan de moda como quien es olvidado y se desintegra en el fondo de la caja de pandora y los recuerdos.

Por muy intensa que se me hiciese la vida, el día a día no clarease y los minutos engordasen, siempre llegaba algo que lo profundizase más que eso. Eso era Paris. O simplemente, no lo hiciera; he ahí los días que pasan y el pasar de los días. Eso también era Paris. Ese es el secreto de codificar la vida y tener que descodificarla después. Me cuestiono si pasa con los lugares, con las ciudades y sus jardines, lo mismo que pasa con las personas; estamos destinados a viajar a lugares en los que encontrarnos, de los que aprendes. Las risas en las que me sumergían tenían un tono más agudo, acompañados de varios «oh la la» y algún «merci». Algo inusual. La ciudad del amor.

Paris es intenso, igual de intensa que yo, y en realidad, igual de intenso que cualquiera.

Todos tenemos dentro Paris, y si no, todos deberíamos tenerlo.

 

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