En el álbum de los recuerdos no esperaba añadir el de aquella última mirada. Recuerdo lo desafiante, la posición exacta de su iris enfundado directamente a mí. Parecía que aborrecía mi insignificante existencia, parecía que todo su mundo en aquel momento girase entorno a mi. Ojalá hubiera sabido leerlo, ojalá hubiera sabido interpretar las señales: veía un montón de líneas adyacentes entre sí encima de aquel azul intenso que simulaba la propia flor, pero no sabía interpretar esa mirada penetrante que me echó por última vez, su iris había transmutado y a mi no me dio tiempo a asimilarlo.«Son los ojos chica, los ojos nunca mienten». Esos ojos que antes me habían mirado con ternura, de los que antes habían salido destellos de felicidad por la mía propia; esos ojos que se aguaban cuando los míos soltaban lágrimas. Ya no los reconocía. Estaban llenos de ira. Ya no los reconocía. Sobresalían de órbita, se movían desorientados. Ya no los reconocía. Antes observaban, lo intentaban al menos tras la coraza de piel dura que había y era de los pocos ojos que conseguían cautivar el corazón que yo quería hibernar, pero ya no los reconocía. Quizá era mi culpa, quizá era la suya; quizá no supimos hacerlo o quizá no pudimos soportarlo.

«Son los ojos chica, los ojos nunca mienten». Esos ojos que antes me habían mirado con ternura, de los que antes habían salido destellos de felicidad por la mía propia; esos ojos que se aguaban cuando los míos soltaban lágrimas. Ya no los reconocía. Estaban llenos de ira. Ya no los reconocía. Sobresalían de órbita, se movían desorientados. Ya no los reconocía. Antes observaban, lo intentaban al menos tras la coraza de piel dura que había y era de los pocos ojos que conseguían cautivar el corazón que yo quería hibernar, pero ya no los reconocía. Quizá era mi culpa, quizá era la suya; quizá no supimos hacerlo o quizá no pudimos soportarlo.

Me responsabilizaba, cargaba con los cambios de dirección que tomaban los rumbos, de las rotondas mal hechas, de las salidas al infinito. Me responsabilizada del que no fuera ya más sin motivo aparente, sin explicación recurrente; me responsabilizada de que se fuese lo que ya no estaba hecho para mi. Había llegado de casualidad sin creer en ello y en la causalidad del destino decidí quedarme, pero hay que innovar, reinventarse, reconstruirse; tomar bien la curva, salir de la rotonda, presentar al nuevo rumbo las circunstancias.

«¿Qué he hecho?»

Era inevitable. Los arcos, siempre lo había sido. Los arcos narrativos o arcos argumentales que dividen a las personas, los mismos que cambian en cuento; el arco del triunfo o de la derrota. Malditos arcos. Nunca me habían gustado, y es que cuando el cuento cambia, automáticamente todo lo demás también lo hace. Los ojos son el espejo del alma, lo sabía, pero la mangata que se creaba de camino a los mios se refleja más fuerte aún Creedme: hay arcos con piedras tan insostenibles que es extremadamente difícil que ninguna de ellas te caiga a la cabeza.

No, no quería fotografiar esa última mirada. Pero me atrevería ir un paso más adelante aún: no quería fotografiar sus últimas palabras, las que de verdad me congelaron. Mi valentía brillaba por su ausencia y lo cobarde se abría paso cuando no quería enfrentarme a ellas. Un filo afilado. Seguía exigiéndome, quería seguir siendo perfecta, ser elegante, aplaudir fuerte y abalar el aire que respiraba, que respirábamos. No debía, pero lo seguía haciendo. Pero os cuento un secreto que en realidad lo es poco: la mejor manera de ahorrarse un disgusto, es esperando nada de nadie.

Los ojos nunca mienten, pero más certero es no esperar a que no lo hagan

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