En un pequeño tramo de cinco kilómetros, había romantizado mi subsistencia catorce veces si mal no recordaba. No me habían enseñado a hacerlo, de hecho, ni creía en ello aunque en el fondo siempre hubiese querido. Era mi asignatura pendiente. No muchos años antes, romantizar la vida para mi era algo así como desprender repelús y repelencia, algo así como salirte de la zona de confort; las películas románticas las aborrecía más cada vez y dejaron de gustarme los colores vivos y los corazones rojos: ahora ya los prefería grises. No siempre había sido así: rozando la adolescencia tenía la ilusión por que alguien recorriese medio mundo para tocar mi puerta el día de mi cumpleaños; darme una sorpresa al alba y organizar un picnic con un centro de flores mientras contaba constelaciones tumbada encima del capó de un coche. Tenía la ilusión de llorar más de alegría que de tristeza o desagrado, sentir mariposas en el estómago y escuchar un «corre, hazte la maleta que nos vamos en el primer avión que salga».
Ese vuelo nunca llegó.
Un ramo tampoco lo hizo. Ni un viaje en un coche descapotable recorriendo las calles de Barcelona entre sonrisas; no se me había escapado la pasmina con el fuerte aire y pensé que daba igual porque estaba enamorada. No había hecho el amor bajo unas palmeras caribeñas; una cama hecha con una esterilla y el sol entremetiéndose entre las hojas al amanecer mientras el olor de la salitre invade las fosas nasales y los labios resecos necesitan humedecerse en un beso.
Los años en los que no quise si quiera pretender que todo aquello ocurriera también llegaron. Si, la decepción comprobé que es de la emociones más mohínas que pueden existir, pero es también un punto de inflexión y una necesidad en realidad: pasado el tiempo de la decepción nos curamos antes que de la melancolía y el dolor. Si el amor y la ilusión casi fanática te ciegan, la decepción es ese amigo fiel que te da el impulso necesario para desviarte del «por ahí ya no».
Y cuando lo hice, cuando me curé, fue cuando empecé a romantizar la vida.
Algo tan sencillo como fotografiar el color de las rosas amarillas, aquello seguro era romantizar el día a día. Las estampadas alas de las mariposas que recreaban el efecto mariposa, o las unicoloras, o las mosaicas: cada cual representaba una libertad más libre y un efecto más fuerte. Lo mismo pasa con lo romántico y con el amor; nadie podrá discutir que sentarse en la fría arena y reír mientras vistes una sudadera ciertas tallas más grandes, sorbes tu bebida favorita y tienes la música de las olas de fondo, no sea lo más romántico que hayas experimentado jamás, convirtiendo esa compañía en tu persona favorita, transfigurarte en tu propia persona favorita.
El lugar seguro.
Quise tener futuros, es más, he querido tener varios futuros, pero no se trata solo de querer, ¿verdad? Se trata de lo seguro y de lo cierto, del no alejarse, del estar. ¿Algo más romántico que alguien quiera asegurarse un puesto fijo en tu vida? Se trata de encontrar el lugar seguro en el que romantizar la vida y los momentos, ya que no son solo los momentos sino más bien como optamos por vivirlos. Se trata de que te prometan amor eterno aún sabiendo que no existe tal dicha y que las promesas carecen de valía si no se cumplen, pero arriesgarte aún así por ser un buen lugar seguro. Ser la felicidad de alguien, ser aquello a donde quiera volver cada noche y cada día el resto de su vida. Acordarse del pasado con nostalgia y de lo alegre con sonrisas; recordar porque es la base de lo romántico y de la existencia en general.
Romantizar los despertares: mis favoritos. Despertarte y recibir de la misma manera lo despejado de un cielo azul que el ruido de las gotas de la lluvia y el olor del asfalto mojado: que los planes se deshagan sea también placentero y que el desasosiego haga que quieras vivirlo todo con más avidez. Los bailes. Las cosquillas. El chocolate y los helados. Cocinar. Llorar. Quedarte en la cama. Abrazarse bajo un paraguas. Leer en el balcón. Ver las nubes moverse. Una serie o una película no muy buena.
Sin necesidad de ser se nadie y serlo todo, por y para ti, contigo misma, o con quien quiera que haya decidido romantizar su vida a tu lado. Puede que organice una escapada para hacernos el amor bajo las palmeras. Puede también que me adueñe pocos días de un descapotable para gritar de pie con un champán: mis ideas románticas van cambiando. Puede ser que viaje sola alguna vez, o puede que sea yo quien regale el viaje en avión tan ansiado como deseado que llevo años esperando.
Porque el vuelo al final llega, y cuando lo hace, no suele hacerlo solo.


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