Durante varias noches la había recorrido un insomnio salvaje, de esos que dejan miedo y huella. Varios sueños había tenido, extraños aquella vez, pensando en los deberes del destino o en la justicia divina, que jugaba con gente que ella conocía como si fueran peones, muñecos de cuerda que van perdiendo la gracia con el paso del tiempo. Todos aquellos que juraron y perjuraron, que maldijeron, que pisaban fuerte; todos ellos eran ahora lo que la presa para el cazador: una pequeña criatura que, en realidad, nada de indefenso tenía y nada de hazañosa resultaba.
Ese pensamiento envolvía el momento en que sus pequeñas manos tocaban aquellas paredes en las que pasó tantos inviernos, donde, en su exterior, se había tropezado con la nieve y también había descubierto lo que significaba la lealtad, no para con los demás, sino para consigo misma. Lo único que la había mantenido viva, diferente; lo único que hizo que no descarrilara por el lado oculto de la vida, aunque a veces la desviara del camino. Pero ella sabía que todo camino era deslineal. Todavía todos aquellos momentos pasaban como fantasmas silenciosos.

El lado oculto era el gran maestre, el que todo lo sabía. El que te esperaba. El que, de la misma manera y en la misma forma de actuar, castigaba o sembraba una lección de vida. Y eso a ella no la asustaba. En algún lado leyó que, en el momento en que le tienes miedo a la diosa Fortuna, sabes que has sembrado una planta punzante, dejando clavadas espinas en corazones ajenos.
Esas paredes le sonreían. El relieve era el mismo, las risas, los sentimientos. Había cosas imposibles de esfumar, pero que aprendías a tratarlas con mimo, a transformarlas. Eso hacía ella, y así miraba a esos muñecos de cuerda, quienes habían convertido sus noches de sonrisas en una pesadilla, quienes tenían el cerebro atrofiado como lo atrofia un parásito que manipula a su víctima.
Pero las vueltas al mundo duran ochenta días, y las de la vida, todo un mundo.

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