La extraña mirada del tiempo.

 

Tenía la costumbre de mirar hacia atrás por última vez, girarse sobre sí misma para recordar con imágenes confusas lo vivido hasta entonces. Siempre lo había hecho así: tras el último baile de un concierto o después de despedirse de una amiga justo antes de coger el tren. Hasta entonces lo había hecho con la nostalgia de poder retroceder en su decisión por si cambiaba de opinión. Aquella vez, tajante, decidida, solo se centró en la nota del bolsillo que le habían escondido por sorpresa.

Una letra curva, redonda, recorría el papel con la misma delicadeza con la que se trata algo frágil. Leyó el te quiero más bonito que había visto en su vida, en un dulce intercambio epistolar, con un significado tan especial como profundo. Sonrió, pues era recíproco. No era quien te hacía sentir el corazón botando en la garganta, deseoso de salir, sino quien lograba que tu corazón fuese un trocito de su piel.

Se volvió a despedir y, aquella vez, no le importó. No sintió que perdiese nada; al contrario, lo estaba ganando todo. No dejaba asuntos pendientes ni medias tintas. No aprendió nada nuevo y tampoco lloró. Le ayudaron la extraña mirada del tiempo y la perspectiva del espejo. Qué rara se ve la vida desde el otro lado del reflejo. Esa visión insólita del tiempo que la distraía mientras se adaptaba a sí misma, a lo que fue y a lo que es. Al destino que aguarda, paciente, su llegada.

Cortó las hojas de aloe marchitas y los bordes quemados por el sol. Eliminó el trozo amarronado de la planta. Entonces, lo verde empezó a brotar de nuevo. El entorno importaba, y mucho. Cuidar de quien la cuidaba, y que la cuidasen como lo más valioso que existía. Que la mirasen desde el otro lado del cristal y dejaran los defectos entre los vidrios opacos que guardan secretos, complejos, lágrimas y algún que otro beso que no merecía volver a brillar.

Se trataba de la extraña mirada del tiempo, del reflejo en el espejo; de aquello que realmente merecía la pena vivir.

 

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