Sigue habitándose.

La vida la ha golpeado muchas veces.
Una tras otra, como si tuviera un ritmo propio.
Quizá sea el destino, o alguna clase de justicia extraña.
Quizá el karma jugando con sus reglas.

Siempre le dijeron: “Lucha. Gánatelo. Avanza.”
Y si no lo lograba, le decían que no pasaba nada.
Pero sí pasaba.
Las heridas quedaban.
El dolor de cada intento fallido hacía un eco tan fuerte que parecía romper todo lo que había construido.

A veces pensaba que tal vez no lo merecía.
O que debía cargar con culpas que no eran suyas.
Arreglar lo que otros rompieron,
y nunca alcanzar lo que podría curarla del todo.

Cada lágrima era un grito hacia dentro,
una forma de recordar que no todo está bien.
Una súplica silenciosa de esa parte de ella que, aunque nadie ve, sigue viva.

Y cada vez que lloraba, le pesaban los días.
Uno más sintiéndose cansada,
y uno menos con ganas de volver a intentarlo.

La inspiración se fue.
Como también lo hicieron los sueños.

Pero ella no se ha ido.

Este desahogo quizá necesite derrumbarse,
pero también es una forma de entenderse.
Porque no está dispuesta a dejar de ser quien es,
aunque el fuego dentro ya no arda como antes.

No quiere abandonarse.
No quiere convertirse en un lugar vacío.
No quiere ser como esos castillos que alguna vez estuvieron llenos de vida
y ahora solo guardan el eco.

Todos nos equivocamos.
Nadie camina sin tropezar.
Nadie vive sin miedo.
Nadie sobrevive sin aferrarse a algo.

Y ella…
A pesar de todo,
aun con grietas, con dudas, con cansancio…

Sigue habitándose.

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