Año nuevo, vida eterna.

Vino acaparada por un desastre, embaucada en el lado oscuro de la vida. Fue complicado, difícil; fue un conjunto de decisiones que no le pertenecían y cuyas consecuencias sufrió. Anduvo todos los caminos posibles en busca de respuestas: lugares equivocados, personas opacas, malos tratos y envidias varias. Vino acaparada por la desilusión y la avaricia. Nació a orillas de un río desbordado y creció con las mareas agitadas que también la inquietaron a ella.

Ahí estaba, presenciando la mesa de aquella cena de Nochebuena. Nunca había experimentado la sensación de desear que los abuelos fueran eternos, y ni siquiera sabía si echaba de menos a alguien en aquella viñeta. Hacía mucho que había abandonado la idea de familiarizarse con la Navidad, de celebrarla incluso; hacía mucho que había desistido de derretirse en el ambiente de los muñecos de nieve y los himnos de la época. El espíritu que supuestamente debía llenarla de ternura, y la filosofía del «para siempre», no terminaban de encajar con ella. Pero algo tenía la magia que convertía lo improbable en necesario, y algo tenía la Navidad que quiso hacerla feliz.

Año nuevo, vida nueva.

Lo necesitaba. Había tenido que adaptarse a las circunstancias a lo largo de todo el trayecto que llevaba a cuestas, y sumar así cada año una figura diferente a su propio árbol interno. Deshacerse de las ajadas, de las deterioradas. Mantener el verde del pino, porque la vida nueva nunca llegaba; era un constante estar, y difícilmente llegar a las siguientes Navidades, esas que quizá serían un poquito más bonitas, las que quizá valdrían la pena, por fin. La vida nueva no existía, los propósitos de año nuevo nunca se cumplían, y los deseos de las campanadas quedaban en una quimera, un proyecto perdido. Pero era más, todo era más que eso, y ella supo, al fin, interpretarlo. Lo importante era mantener el verde del pino. El pino y lo verde. Lo importante era mantenerse.

Año nuevo, vida eterna.

Y así seguía, llegando a cada Nochevieja, por suerte, mejor que la vez anterior. Cada arruga era un logro, y cada expresión una mueca de fe que, en realidad, nunca había desaparecido, aspirando a cambiar el olor de las cosas intocables. No echaba de menos a nadie en aquella mesa porque quizá no hacía falta. Todo era válido. Nadie más importaba. Quienes rodeaban los bordes de la redonda y robusta mesa eran las sonrisas bonitas y las anécdotas que contar. Su año terminó, y empezó el siguiente cuando la orilla del río volvió a su cauce, cuando las mareas se volvieron mansas. Los parpadeos de las luces azules eran destellos de las almas perdidas por el camino, de las celebraciones no hechas, de los regalos no comprados. Ahí estaban; lo estarían siempre. Pero el verde del pino debía mantenerse. Cada bocado que daba causaba el rugir de sus tripas, hasta que cayó en la cuenta de que no lo hacían por hambre, sino más bien por la sensación de vida eterna. No, no quiso a unos abuelos que fueran eternos, pero se despertó en ella la sensación de querer que algo lo fuera.

Era el lado alegre de la vida, eran sus propias consecuencias y la transparencia de las personas. Era estar sentada en el lugar correcto sin haber tenido que andar demasiado.

Llegaba un año nuevo, llegaba el primero de lo eterno.

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