Le gustaría saber dónde se va todo lo que se pierde, eso podía descifrarlo por su manera de recostarse en el blandito asiento que la sostenía. Quería saber dónde se va el cariño de las amistades y donde terminan las virutas de los trocitos del roble que se desgasta con el tiempo. Viruta a viruta, amistad por otra. Le gustaría también saber dónde terminan las explicaciones no dadas, los duelos no vividos, las cosas bien hechas que no se habían podido, las ilusiones vividas que al final no habían sido. Le gustaría saber dónde se va todo lo perdido. Yo tampoco lo sabía.

Salía de la puerta del portal, muy extravagante, muy exigente; lo hacía como lo hacían los pajaritos de sus jaulas, desubicada, desorientada, con las plumas todavía a medio hacer. Se había perdido en la noción del tiempo; había perdido la cordura y los detalles del paso de los días por el que no entendía porque había perdido lo que parecía que tenía, y es que, en la teoría del echar de menos lo que nunca se ha tenido, entra también la idea del no echar de menos lo que ya no quieres tener. En un dilema continuo, en un no estar donde no se nos quiere. Pero eso la perdía, como desencajar un puzle y desandar un laberinto, como llegar a la casilla de salida con la nitidez de las cosas vacías.
Le gustaría saber dónde se va todo lo que se pierde, le gustaría más que nada saber dónde vas cuando te pierdes.
Le gustaría saber dónde deparabas en el tránsito de perderse para encontrarse, el porqué de la necesidad de perderse y para que encontrarse después. Mientras seguía andando la observaba, lo hacía como se observaba lo que ibas a ver por última vez, con una profunda respiración, bajando la mirada para subirla después, despedirte para anhelarlo también. Y se seguían perdiendo. A cada minuto que pasaba se seguían perdiendo las ganas y los recuerdos, y ella lo sabía, pero sabía mejor que nadie que lo hacen también el dolor y los recuerdos, los que hacían que olvidaras a que sabía un beso.
No me acordaba a que sabía.
La calidez de las mejillas acompañada de un abrazo. No recordaba a que sabía. Lo intuía porque yo tampoco. Podría desfigurarlo, desintegrarlo, dibujarlo, recolocarlo. Podría no volver a querer tocarlo, pero se le había olvidado a que sabía un beso, un beso que se había perdido, un beso que no quiso ser encontrado.
Vivía en un mundo de locos, vivía en el mundo de las cosas perdidas.

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