El calor del invierno.

La bahía, que preciosidad. Hacía frío, cierto que no tanto como cabría esperar para la época que era, pero era clara la alarma que nos acercaba a la navidad. El gentío lo abarcaba todo, cada baldosa, cada relieve; cada figura abstracta pintada en el aire. Se oían conversaciones, susurros; se veían sonrisas risueñas. El espíritu feliz estaba abordándolo todo. Todo en ese tiempo, todo en ese espacio. Todo en una comuna que ocultaba cada sensación detrás de cada cuerpo que lo rodeaba, todo en ese tiempo en el que dar un paseo nocturno con un helado era la controversia más afable para las grietas del invierno.  Los churros todavía empalagaban, el aíre no era lo demasiado rápido como para entremeterse en las comisuras de un jersey lanoso.

En otro tiempo la bahía no era tan preciosa, el frío era demoledor, el corazón estaba gélido, nadie dibujaba lo abstracto. Ni tan siquiera ella.

Pensé en ella.

No le gustaba el invierno, no le gustaban los que para ella eran días tristes. Pocas horas de luz, exorbitante la noche en la que pensar a cada minuto. Se inquietaba, aturdía tal vez; miraba el techo contando cada pizadura como quien contaba las estrellas del cielo tumbada en el capó de un coche. Pensaba en ella y en como era. Inocente, dulce, dicharachera, atrevida. Hacía cosas que yo no hubiese podido, ni cuando fui una niña, ni cuando fuese mayor. La conocí por poco tiempo, pero enseguida la quise, como se querían y se petacheaban las ropas descosidas. En ese tiempo, en ese espacio; era como no le correspondía, sentía como nadie nunca lo haría.

El calor del invierno no lo traían las fogatas de las chimeneas, ella fue quien me lo enseñó. No lo traían los radiadores de hierro, la mantas de felpa o las bolsas de agua. Tampoco lo hacían los sacos de semillas que olían a galletas de vainilla. El calor del invierno venía, en el peor de los casos, en los dedos de quien te peinaba cuidadosamente antes de acostarte, desenredando los nudos sin tirar de ellos demasiado. Ella no lo tuvo, ahora lo tenía. Pensé en ella, en cada abrazo diurno que le daba y la hacía temblar, y en cada costilla que se le notaba cuando la agarraba.

Pensé en ella.

Le hubiese encantado comerse unos churros con chocolate conmigo envuelta en aquel momento; agarrarse a cada trazo redondo de la barandilla a su vez, llegar con la garganta seca hasta El peine de los vientos. Me hubiese encantado acariciar lo que intenté coser, aunque no me diera tiempo a darle el último punto de sutura. Ahora se que duerme calentita, que se sigue peinando cada noche, que ahora el invierno le gusta un poquito más. Valía todo lo perdido por ese calor, o todo lo ganado. Podía ser también.

Pensé en ella mientras me amarraban con fuerza. Pensé en todo lo que fui.

 

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