Ha llegado el otoño, y con él el olor al suelo anegado de las leves lluvias tras la sequía veraniega. Viene para un tiempo también el transmutado color rojizo de las hojas que se queda hasta que estas terminan por desvanecer. Los árboles necesitan de esta no tan cálida estación para que sus ramas vuelvan a poblarse, las flores nacen de lo antes caído en la inconsciencia de la necesidad de hacerlo. La ayuda del otoño y sus vendavales se sumergen para que el ciclo de la naturaleza siga su curso.

Así se presentan las oportunidades de quererse en la necesidad de que alguien ajeno lo haga primero; acogerse a la semilla del cariño que plantan en ti para prendarte tu también; ya no es tan firme el autoconcepto ya que el concepto en si mismo es diferente en otros ojos que lo miran. Y miras también a través de sus ojos, y no importa como tu veas tu mundo, que quien viene a revolucionarlo, hará que lo mires desde la perspectiva del querer. Es posible que quien esté al otro lado de la pantalla de tu mirada sepa por cual ranura atajar para llegar al subconsciente que una misma no sabe escuchar; tal vez tenga la capacidad de sanar porque simplemente hay quienes tienen el maravilloso poder de hacerlo.
Necesitas quererte bien para querer mejor y que te quieran mejor para empezar a quererte un poco.
Se ha romantizado, demasiado más bien, la idea de la superioridad del no necesitar de alguien, como si hacerlo supusiera ser débil; el liviano tacto casi circular bordeando las pestañas recrean a la par una respiración serena que airea y ventila el cerebro tanto como lo hace con el corazón. Acariciar la llama del fuego que se enciende dentro de la piel del que te besa, no solo con pasión sino como lo último que le gustaría besar para el resto de su vida. Rellenar el tiempo, el espacio y los huecos del cerebro que necesitan ser reemplazados y por supuesto abrazar la idea de ti que hace vibrar sus poros y sentir el afrutado aroma que desprende y se impregna en tus brazos; sentir un mínimo de serotonina que te ayuda a volver a la vida leal, a los sueños compartidos, a la flor de la hoja que se decoloró en otoño y cayó en invierno.
Hay flores que necesitan del otoño para florecer, hay quienes necesitan de otros para hacer lo mismo.

Deja un comentario