El mercado de los peces.

Era media mañana y el mercado de los martes estaba repleto de gente; llegaba la temporada de buena fruta y cambio de estación, por lo que unos pijamas algo más ligeros y comidas bastantes más frescas empezaban a rellenar las casas del pueblo. Zanqueé puesto por puesto en busca de mis estrellas de la corona: los briñones más rojos posibles, las lechugas más frescas que había del único caserío que habitaba en el pueblo, y por supuesto, mis caramelos de la suerte. Cuando los nervios afloraban, chupaba uno de esos mentolados snacks, de esa manera conseguía abrir los pulmones y lo que fuera que me pusiera nerviosa en ese momento, al final pasaba y terminaba saliendo bien. Era de apuestas seguras y de dar valor a las pequeñas cosas que hacían que me sintiese bien; porque iba a remplazar la lechuga y los briñones si estos segundos por ejemplo me endulzaban el ser.

Terminé con mis quehaceres y me senté a tomar un refresco en una terraza frente al mercado. Me daba el sol de frente y no podía diferenciar bien el paraje que tenía de fondo; pero en fin, era al final contemplar lo mismo de siempre en el mismo barrio de siempre. Por un momento mi cabeza comenzó a titubear mientras estaba plantada en medio de toda la marabunta; miraba de un lado para el otro y luego al lado contrario viendo como todas aquellas manos manoseaban cualquier producto y los cambiaban por otros si estos primeros no les convencían. Lo mismo hacían quienes me acompañaban en aquel escenario cubierto de una agradable brisa cambiando las sillas que no apañaban su comodidad por otras que parecían ser más confortables.

Entre los siete pecados capitales se encuentra la avaricia, que viene a ser parecida a la ambición; quien quiere lo que no tiene, toquetea y detesta lo que surge en la travesía para llegar al objetivo fijo, que al final casi siempre resulta ser una falacia que nos inventamos y así nos excusamos en la bandera blanca. Si más bien nada de malo tiene optar por el mejor producto, el problema empieza cuando pretendemos sustituir los peces del mar y hacerlo también entre nosotros; los clavos no sacan otros y no todos los peces tienen el mismo sabor.

Y así llega que se compra en el mercado de la carne.

Quizá, en toda la maravilla de pensamientos que acarreo, me cuesta creer que el inconveniente sea de la carne y no del paladar que no sabe estimarlo; la insatisfacción también viene del no tener buen gusto y así pasar noches enteras pescando hasta que el brillo de una aleta te seduce enteramente pero solo durante un pequeño lapso. Pero para eso hay que probarlo, y así pasa que tras varios intentos y ninguna conclusión, terminas por empapuzarte y odiando una especie indefensa que simplemente ha sido atacada en la seguridad de su biosfera.

Pero los hay a quienes no nos gustan este mercado.

Me pongo en la tesitura de una carne débil que un día fui; me pasaba la mayor parte del tiempo aborreciendo una apariencia que por aquel entonces no era consciente que me acompañaría de por vida. Una carne que nadie quería probar, aunque guardase mucho más, aunque protegiese todo el mundo que puede ser cada persona, porque cada persona es un mundo. El mercado de la carne no me gustaba porque yo no era solo una cara bonita, o un buen sabor para un insulso paladar.

La lujuria ciega también los ojos que quieren ser vendados; de lo bueno a lo mejor y de lo mejor a lo inexistente, lo lujurioso se queda en nada cuando la única intención es la de presumir y no la de vivir. La carne débil que un día fui nunca ha mostrado una imagen lujuriosa que quiera ser arrebatada por los más apoderados, servía simplemente para aparentar falsas caretas que por supuesto al final acabaron cayendo. Pero así era, creía que mi carne era débil pero al final resultaba ser fuerte protegiendo lo que era de cuchillos voladores y garras afiladas.

Y tengo memoria.

A diferencia de los peces del mar, mi débil carne tiene memoria. Y no, no soy un pez más que se pueda reemplazar.

 

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