La vieja mecedora, mi abuelo sentado en ella con el maloliente puro en la mano, y yo sentada en el suelo frente a él con mi cabello azabache atado en dos coletas. Tenía la mirada perdida en su blanco bigote a la espera de que exhalara el humo que había inhalado. Él no se parecía en nada a la señora del bar; no tenía esa dulce voz y lo rotundo que hablaba conseguía asustarte. Te hacía repensar eso si; el sonido de señor sabio que escupía su gaznate te llevaba a reflexionar sobre el sinfín de todos los sinfines.
Por fin pronunció palabra cuando el puro estaba ya consumido entre sus dedos; ansiaba desesperada por escuchar lo que tuviese para decirme, el libro que tenía abierto sobre las piernas no me fascinaba tanto como lo hacía él. Había quienes pensaban que era una niña inteligente; les cautivaban las conversaciones que podía llegar a tener con aquel hombre que le gustaba seguirme la corriente. Había quiénes creían en la simpleza de la curiosidad de una niña inocente sin embargo. Los demás niños, para ellos era un mero bicho raro. «La única lección que tengo para darte hoy es la siguiente niña: sé lo que quieras ser. No quiero adelantar acontecimientos, pero acabaremos todos muertos igual».
No conocía la muerte; lo desconocido no me gustaba y lo que no me gustaba lo obviaba. La vida, bueno: había empezado a asomarme a ratitos para ver de que trataba. Pero tenía que ser lo que quisiera ser, eso me dijo el sabio señor. La mujer ya experimentada a la que había mudado pensaba en lo tópico de la frase y sobretodo situación; aquella niña seguía sollozante voceando que no cometiese ninguna sandez persiguiendo sueños de otros y cumpliendo metas a las que no quería llegar. Existir para los demás para después no saber el qué, o el cómo, y en especial, el porqué. Si hubiese hecho caso a los sollozos de aquella niña me hubiese evitado los míos; recordaba lo que se nos olvidaba escuchar a la niña interior que un día pasado tuvo sus ilusiones por cumplir.
Pero sí, tras varios recuerdos y muchos rasguños, decidí al final ser la loba solitaria.
La loba solitaria que no podía unirse a ninguna manada; con ciertas manadas no encajaba y con otras muchas, bueno: aunque lo intentase, sentía que no encontraba el lugar que le correspondía. Al final se consolidó en la idea de fundar la suya propia con la libertad de cada quien se quisiera entre sí y lo hiciera a su libre elección. La loba solitaria que no manda, es cierto, pero tampoco quiere ser mandada por lo que el trato le parece bastante justo. La loba solitaria que piensa que no tiene nada de malo serlo; la loba solitaria que no solo juega a su propio juego sino que elije con quien quiere jugar y si quiere hacerlo.
Pero la manada no está preparada para las lobas solitarias, no esta preparada para ser un lobo solitario tampoco. Para ser una loba solitaria hace falta coraje y sobra soberbia; lo mismo que un día leí que hay que tener cuidado con querer comerte el mundo porque de la misma manera tiene que salir, también creo que hemos de ser cautelosos con que mundo queremos tener a nuestros pies. El mundo a tus pies hace que corras el peligro de que cualquiera intente empujarte de él.
«No tiene nada de malo niña, pero la manada no está preparada para equivocarse» fue lo que me contestó. Que cierto abuelo. Quien estaría dispuesto a admitir que erró al elegir al líder; subestimó a las buenas personas que llegó a despreciarlas incluso y ahora nada perdido sin rumbo fijo. Es lo que ocurre con los rebaños que deciden proclamar un líder; las ovejas se aprueban y dan de la mano pero no son capaces de entender que la boca del lobo las lleva directamente al matadero.
Soy una loba solitaria feliz abuelo.
Me llegaron los finales felices cuando dejé de creer en ellos y el rebaño me proclamó ganadora cuando supieron que las lobas solitarias no caemos tan fácil y mucho menos lo hacemos a los deseos del rebaño.


Deja un comentario