Lo que el viento no se lleva.

Las palabras se las lleva el viento, o lo que es lo mismo: verba volant, scripta manent; una cita latina tomada de un discurso de Cayo Tito al senado romano. Me gustaría hablar de esas palabras que se lleva el viento, si de verdad lo hacen; no creo que lo escrito sea menos fugaz que lo que vuela si lo que vuela antes ha sido razón por la que se ha bailado con alguien bajo las rojizas nubes mientras estas te mojaban el alma. 

Las palabras que se lleva el viento son en realidad la coartada perfecta para quienes quieren pactar con el diablo: así obtienen el respaldo perfecto para con quienes de verdad si creen en ellas. Las palabras se las lleva el viento, bien; pero el viento se lleva mucho más que eso: se lleva que al final se disipen incluso las palabras que se escriben, pues no hay mayor sentimiento y tanta verdad como lo que se escribe en un momento de ansiedad incontrolada que necesita ser apaciguada y sobretodo comprendida. 

No todo puede llevarse por el viento, y en realidad, las palabras son lo más pesado que el viento puede intentar llevarse, por lo que resulta ser inviable. Todo esto desde mi humilde opinión, por supuesto.  

¿Qué es entonces lo que el viento no se lleva?  

El viento no se lleva las hojas anaranjadas caídas del otoño, simplemente las traslada como se transforman las ya viejas palabras. Tampoco se lleva el sentimiento de dos vidas cruzadas, como tampoco se lleva las promesas que siempre se han hecho pero que nunca se cumplieron. Es impensable que se lleve los susurros que se hacen bajo los tejidos de algodón cuando la luna ha sido testigo directo para la parte que no quiere dejar de escuchar nunca esas palabras. El viento no se puede llevar las heridas que dejan las oxidadas palabras si analizamos en cómo se va pudriendo el alma poco a poco, y, por supuesto, el viento no se puede llevar las palabras que insisten en adherirse a una cabecita loca llena de pajaritos canturrones. 

Me he creído palabras que han llegado conmigo hasta el día de hoy. He repetido sensaciones, he asociado ideas, y al final de todo el trayecto, he rememorado palabras con las que he vuelto a empalmar cables que me han llevado al punto de partida; he ahí las consecuencias de las palabras que no puede llevarse el viento. He oído a gente que he querido con todo lo que las palabras no pueden explicar castigarse porque se han creído las palabras que no se ha llevado el viento que a ellas les rodeaba, y, han tenido que enterrarlas como los cervatillos son enterrados por sus madres cuando no lo consiguen, con instinto y el cuerpo lleno de barro. 

Por lo que no, las palabras no se las lleva el viento. Pero, en fin; un día lluvioso más en el que, por cierto, lo acompaña un buen vendaval; voy a aprovechar a tender las palabras mojadas a ver si consigue el viento llevárselas por fin. 

Deja un comentario