
Puedo recordar a la perfección como olía el pequeño pueblo al que iba de vacaciones cuando era pequeña; olía a salmón gracias al no tan grande restaurante que lo cocinaba debajo de la ventana de mi habitación. Recuerdo también el particular olor de mi hogar, una fragancia de vainilla afrutada que era injerida por todas las ranuras de las rejillas de ventilación, que podía así olerse incluso desde el edificio contiguo al que iba a veces a jugar. Aquella habitación del piso del edificio contiguo en donde jugaba como cualquier niña de cinco años, olía a plastilina, a pintura y acuarelas. Siempre había sido intensamente aficionada a los olores y a recordarlos como se necesita recordar todo lo que nos transporta.
Tantos años más tarde me disputé por conocer los olores que no conocía todavía; porque aún y habiéndome criado a los pies de las faldas de tanto monte, no conocía el olor de los pétalos recién florecidos, por ejemplo. Tampoco conocía el tradicional y conocido olor a jazmín, y si lo pensaba, tampoco conocía el olor de una gota de lluvia que no aterrizaba en el asfalto. A pesar de todo, lo que más recelaba por saber y que hasta entonces tampoco sabía, era a que olían los domingos; había siempre tenido la certeza de que olían a finales tristes y a melancolía. Pensaba que olían a humedad y a días nublados, a todo lo que terminaba por lo que estaba por llegar.
Porque todo termina, es cierto; terminan las películas de media tarde como al final del día se van los rayos deslumbrantes del sol. También pueden terminar las tardes de palomitas parloteando durante horas o los giros de la cucharilla removiendo del fondo de la taza los oscuros posos de café. Terminan los siete días que tiene la semana y a veces incluso los meses, que pasan y desaparecen como lo hacen los perfumes suaves que cubren los gaznates o los silbidos de los pájaros antes de anidar de nuevo.
Lo que termina por lo que está por llegar.
Y así supe de lo real cuando llegaron los domingos con olor a fresas con nata. Lo hicieron también con el olor a salitre y el tacto de la arena. Empezaron a oler a bizcocho de chocolate con las insípidas pepitas, al fuerte y cálido aire; olían a las caricias antes de las despedidas para volver a reencontrarse pocos días después. Olían a los garabateos en la pared con las manos entrelazadas y a los abrazos sin fin. Supe por fin descifrar el olor de la irrelevancia de conexiones del pasado, como olía el popular hilo rojo y en especial, me familiaricé enseguida con el olor al nexo que crea un hogar. Olían a barro mojado y al revuelto rio que acompaña mientras se encadenan las palabras y se sonrojan las mejillas. Después de todo, entendí que los domingos huelen a lo que cada cual quiere que huela.
Porque el amor lo centra todo, o es el centro de todo, que viene a ser lo mismo; quien se niegue a entenderlo, bueno: sus domingos olerán cada día a los finales tristes y a la melancolía, pero nunca olerán a fresas con nata.
Ojalá lo prueben algún día, los finales son más felices comiendo fresas con nata en vez de perdices.

Deja un comentario