
Tengo una araña como compañera de vida hace ya un tiempo; vive en el marco de la cristalera del balcón. No hay día que no suba y baje una y otra vez amarrada a la telaraña que teje cada vez que lo hace; puestos a pensar, puede que sea el mejor entretenimiento que tenga mientras trata de sobrevivir con el instinto de una pequeña criatura. Quien sabe, quizá ella esté sonriendo mientras se balancea y disfrute con gozo tejer con las ocho patas a la velocidad del rayo, ya es algo más que una cualidad extraordinaria que la diferencia del resto.
Eso me lleva a pensar en todo lo que no es lo que parece.
Pienso en el supuesto oro que reluce y no lo es, como el pensar mal por si así aciertas; las arañas no son lo perversas que lo pintan y las avispas no pican porque sí. La amenaza es un escudo cuando la defensa parece peligrosa. El camino recorrido lleno de pequeños trampantojos me hizo al final mirar el mundo desde la perspectiva del revés; cuando aprendes a apreciarlo de tal manera, todo lo que parece que no es se acaba resolviendo en lo que parece ser. Los trampantojos disimulan a primera vista el sabor de lo que debería haber sido dulce y nublan la vista por el rosa y las mariposas que lo rodean mientras escuchas inconscientemente el sonido de los aleteos de estas.
He aquí la teoría de las primeras impresiones.
Los que decidimos dar la oportunidad de ver el fondo de lo que no reluce, nos llevamos las sorpresas que nos advirtieron pero que no quisimos ver; la simpleza de lo bello está sobrevalorado cuando quieres abarcar más de lo que has tenido jamás. Aquí entran los infames; no solo por individuo, sino una especie completa que pinta y garabatea el mundo a su libre interpretación y pretende que el resto lo entendamos de la misma manera. De modo que sí; la belleza está en lo simple y en las flores que parecen margaritas y resulta que así lo son.
El amor que decimos sentir a primera vista podría asemejarse a eso; una primera impresión que sublimar sin mirarlo desde la perspectiva del revés, o la perspectiva de las terceras partes: son los ojos con los que tú no puedes mirar mientras los llenas de lágrimas y son un corazón maduro que se saben las reglas del juego.
Así me parece estar aprendiendo del mundo; quien tiene la responsabilidad evita por tenerla y quien no la tiene debe ser quien lo haga. Aquí entra también la teoría de las dos teorías: la primera es la que la araña te cuenta, o la avispa incluso, y la segunda es contada desde el miedo que me dan estas ambas; todo ese mismo temor que he sentido antes mirar desde la perspectiva del revés y me ha congelado en el tiempo.
Pero ahora las arañas las atemorizo menos cada vez. Las avispas puede que también. Mi mayor temor ahora son el oro y los trampantojos sobre todo; no quiero volver a tener la miel en los labios y no quiero volver a escuchar el aleteo de una mariposa con su respectivo efecto boomerang y su música angelical de fondo. El silencio sin promesas es la mejor respuesta.
En todo este trayecto de aventura mental la araña ha vuelto a subir y se ha quedado escondida en su rincón. Algo que agradecer a eso de probar los trampantojos es que han hecho que ahora sean ellas quienes me teman a mí.

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