
Oía hablar de las «personas faro» en una de esas películas de media tarde que tenía de fondo mientras dibujaba sentada en la repisa de la ventana; concepto que no obtuvo esmerada atención por mi parte, cierto es. Resultó ser como un susurro de viento que silba tan suave que apenas se percibe; fue una de esas frases como otras tantas que escuchas al cabo del día. Hasta el día siguiente. Lo vi escrito en la sección «cartas al director» del periódico mientras me tomaba el té previo de la mañana: «¿Cómo son las «personas faro»?» se preguntaba el artículo. La curiosidad entonces empezó a asomar en la inquietud de querer saberlo, pero intentando no obcecarme demasiado tampoco; me conocía demasiado bien. Creía en las señales del destino, pero que otra etapa de mi vida comenzase porque acababa de perder muchas cosas en poco tiempo, por supuesto no tenía nada que ver con todo eso. Me sentía tranquila y en paz en realidad; más tranquila que nunca, tan en paz como deseaba. Asique volví a la normalidad de mi día a día con una sonrisa y con cosas más influyentes en las que pensar.
Pero la tercera vez, la tercera vez las ganas del saber ya empezaron a escocer algo más: «Y entonces lo supe: era mi «persona faro», tenía que serlo. ¿Quién sino aparece de la nada para dártelo todo y resulta que termina siendo el amor de tu vida?». Dichosas las ganas de saber que me entraron cuando terminé de leer el libro del momento a la semana de las dos primeras veces que empezó el dichoso asunto con el que me puse al final e inevitablemente manos a la obra.
Las «personas faro» son aquellas que iluminan el camino de los demás. Las que están hechas para sumar; para hacer que sigas los farolillos o las que te hacen saber que piedrita no tienes que pisar el siguiente paso que das, o si lo haces, quien te agarra de la mano para que no te caigas. Las personas faro están hechas, básicamente, de pequeñas hadas y diminutos ángeles de la guarda para protegerte como una leona protege a sus cachorros, o a su león, o a la manada al completo. Son las que no solo te ayudan a coger aire, sino las que lo hacen contigo. Las que te ponen la mano en el pecho y hace que tu ritmo cardiaco disminuya al son del suyo. Son esos rayitos de luz que asoman entre las nubes después de un lluvioso día y hacen que tus pupilas se dilaten y duelan incluso al contemplar el brillo de su sonrisa. Son, en definitiva, la calma después de tanta tormenta.
Bien. Significaba lo que ya me podía imaginar.
¿Pero qué pasa con las «personas túnel»?
Es un concepto que me inventé en la reflexión post lectura que podía definir a la perfección lo que sentía sobre ellas porque podía describirlas como todo lo contrario. Las «personas túnel» son aquellas que ellas mismas ponen la piedra en tu camino para que tropieces de frente; son las que ahuyentan las pequeñas hadas y cortan las alas a los diminutos ángeles de la guarda. Son los que se comen a los cachorros de las leonas. Son la negra tormenta antes de la calma y las que hacen que tu ritmo cardiaco se descontrole de tal manera que automáticamente lo haga también tu cuerpo. Son los que te ponen entre la espada y la pared, y son también las que te llevan a una tremenda agonía que incluso se emborrona la luz que se dice haber al final de ello. Son de las que nos salvan las «personas faro».
¿Por qué nadie habla de ellas? Porque son extremadamente difíciles de identificar.
A lo largo de toda mí existencia me he encontrado con más personas túnel que faro. Quizá no haya sabido donde buscar, o quizá las primeras me encontrasen muy rápido, no puedo saberlo con certeza. Quizá no supiera diferenciar el bien del mal en los demás, o quizá simplemente confiaba en que todos los caminos terminaban sino por descubrirse por desviarse.
Volví a sentarme en la repisa y seguí pintando para olvidarme de lo normalizado que teníamos tal concepto inventado que no fuera un concepto en sí, sino más bien parte de la vida. Seguí pintando para que cuando acabase y pasado el tiempo, mi «persona faro» me encontrase acompañada por mis angelitos de la guarda y hadas mágicas; me encontrase refugiada y no tuviera que sacarme de ningún túnel: no me hubiera gustado que se encontrara únicamente con lo que ya nadie quería de mí y se llevara los restos de un corazón casi ya cristalizado.
¿Por qué compartir con las «personas túnel» lo que se merecen las «personas faro»?
Acababa de añadirme una duda existencial más.

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